Mi equipo. Centro Experimental “José Antonio” 1971/72
… y saltábamos. Yo lo hacía de las primeras, menuda y ágil, conseguía saltar hasta casi llegar a la madre, dejando espacio suficiente detrás de mí para los siguientes de mi equipo. En cuanto me encontraba segura miraba hacia atrás. Así me preparaba para recibir el salto del siguiente. Me partía de la risa. Con cada uno que saltaba, la fila de los que pagaban se removía más o menos. Algún jugador malintencionado meneaba las posaderas para desestabilizar a los de abajo, disimulando, porque la madre podía percatarse, si no lo hacía el sufrido jugador que lo soportaba. Más valía que no se notara, porque nos tocaba pagar sin terminar el turno.
- Churro, mediamanga, mangotero ¿Qué será?
y lo que fuera… seguíamos saltando o nos tocaba pagar.
Nada ocurría alrededor del juego, no prestábamos atención a nada que no fuera ese momento de juego. Arriba o abajo, el equipo era compacto, todos juntos éramos fuertes. Jugábamos y reíamos, disfrutábamos fuera el que fuese nuestro puesto. Gritábamos, no por enfado, sino para hacernos oir por encima de los demás. “¡Trampa!” “¡No vale!” “¡Te he visto!” “¡Te has movido!” “¡Nos toca!” … y entre todos los gritos, incomprensiblemente, nos entendíamos, porque el juego seguía y el desacuerdo se saldaba con la continuación.
Únicamente el aviso de que el recreo había terminado nos hacía abandonar. No era frustrante, habría otro recreo. Tendríamos otra oportunidad para saltar más lejos, para salvarnos porque los otros no acertaran, para que nos llegara el turno. Los miembros del equipo podía cambiar, pero la cohesión entre ellos volvería a ser la misma. Éramos felices, era un hecho, no un proyecto. Vivíamos en la Gloria.
Lo que nos ocupaba a continuación era la constatación de que nos meábamos encima. Corre que te corre, encontrábamos una fila delante de los aseos, y de nuevo se convertía en un momento de juego o de charla. Sabíamos respetar el riguroso orden de la fila, no sin meter prisa a los de delante, porque entrar con retraso a clase nos supondría una reprimenda. Sigue siendo una actitud vigente en los escolares, y lo será por los siglos: viven exactamente lo que les está sucediendo.
Los niños son el futuro. Los niños viven el presente. Tienen una clara visión de la evidencia, porque no la mezclan con prejuicios, porque carecen del miedo al futuro. Las cosas son lo que son, y sólo eso. Todos lo hemos experimentado y, sin embargo, pasamos con el tiempo a un estado inadecuado: no estamos como somos. Vienen la ansiedad, el estrés, la depresión, la desconfianza, la intranquilidad… y nos decimos que “esto no es vida”. Pues no, es decir, pues sí, así es: eso no es la vida.
Durante un tiempo fui animadora turística. Todas las noches montaba un sarao para un público mayoritariamente nacional (españoles) de unas ochocientas personas. Con frecuencia realizaba concursos en las fiestas nocturnas. Muchas veces los participantes los conseguía apretando un poco desde el escenario, digamos que no estaban muy conformes con hacer el indio frente a un público tan numeroso. Sin embargo, a los pocos instantes de comenzar el juego, todo desaparecía a su alrededor, olvidaban el resto. Vivían el momento presente, olvidando el temor al futuro, el miedo de los fracasos pasados. No habían subido a escena para interpretar un papel aprendido, se convertían en actores de sus propias vidas. Jugaban y reían, se divertían, perdían la compostura, desdibujaban el rictus de sus rostros, eran felices. Más o menos demostrativos, al final, todos estaban agradecidos por haberlo pasado tan bien como no lo habían pasado durante años. Terminábamos la velada, los concursantes y yo, regando nuestra satisfacción con cava.
Aquellas personas, sin saberlo, habían puesto en práctica las palabras de Eckhar Tolle cuando dice: “Vive con lo que hay alrededor, sin añadir ninguna interpretación, estar presente en lo que ocurre, sin que haga falta añadir nada a este momento. Deja que sea lo que es, eres el espacio amplio donde suceden las cosas. No deben dominarte los pensamientos, porque pueden ofuscarte la energía de la vida en estos momentos…” Por decir esto, y otras muchas verdades, le llaman iluminado.
Mi amiga Rosa, soprano ilicitana, ya me decía: “Está to inventao”, cuando apreciaba similitudes entre composiciones musicales de nuestros tiempos y las de los clásicos. No es para desmerecer al Sr. Tolle, por el que personalmente siento admiración y respeto, pero Rosa llevaba razón. “Sólo los niños saben lo que quieren” decía Antoine de Saint Exupéry muchos años antes. Todavía muchos más atrás, Jesús de Nazaret dijo: “Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos -¿queréis llamarlo felicidad?-” (Mateo 18,3) y “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios -¿preferís llamarlo la luz, la paz?-” (Mateo 5,8), así como “¿Quien de vosotros, por más que se preocupe, puede añadir una sola hora a su vida?” (Lucas 12, 27).
Os dejo un video del Sr. Tolle que habla de la importancia del momento presente, del ahora. De los otros no me viene nada en el buscador.





Pocas cosas tan subjetivas como un #FF.







